No hay triaca para tus venenos

 


 

 

No hay triaca para tus venenos


I


Los espíritus malditos,

indómitos,

turbados,

por sobredosis crónicas

de arrollador poder creativo,

estremecidos sin aviso

por visiones profundas,

descargas aterradoras,

terminales del éxtasis,

catalizadores que viajan

de adentro hacia afuera

y de afuera hacia dentro,

en trances chamánicos

por paisajes misteriosos.

 

 

 

 


 

 

II 

 

Aquellos Zaratustras que,

tras rumiar en soledad,

laberintos insondables,

bajan con pies trémulos

de la montaña,

mientras logran

condensar y sintetizar

en líneas mordaces,

miríadas de fenómenos epocales.

Arrojan con desparpajo,

palabras inquietantes,

clamadas por hocicos

de frenéticos chacales,

pasajes alucinatorios,

dibujados

por lenguas ponzoñosas,

bañadas en dadaísmo,

dispuestas a conseguir

sísmicos despertares,

dinamitar el cimiento,

la fuga de cerebros

de los calabozos

blindados con aletargamiento.

 


 



 

 

 

III



Los que en el fondo del abismo,

al borde de la muerte,

locura

o el horror paralizante,

encuentran y traducen,

las profecías ocultas,

veladas,

 para los ojos indolentes.

  







IV



A quienes

 no les alcanzan

los medios

ni los formatos,

para saciar

sus necesidades expresivas

incontenibles,

sus pasiones retóricas

irreprimibles.

 

 

 

 


 

 

 V



Aquellos que necesitan drenar

su ejército afiebrado

de visiones endemoniadas.

Esos que nunca permiten

ser disciplinados,

persuadidos ni maniatados,

por ningún dogma,

institución o valor supremo,

los que no se arrodillan

ante las reglas

funcionales a los poderosos

ni hay raíz capaz de seducirlos

por mucho tiempo,

a los que no los retiene

 una tierra,

un Dios,

una casa segura

o un cuerpo,

esos que apuestan

sin nada en sus bolsillos

a seguir sus convicciones,

obras e intuiciones,

aunque el Concilio

del control

los expulse y estigmatice,

aunque muerdan su esqueleto

las más penetrantes laceraciones.

 

 

 


 

 

VI

 

Por sus atormentados espíritus,

no pueden ser

más que orfebres multitablero,

en sus ultimas páginas

sus huellas 

marchan

 en el desierto

gritando,

sin reservas,

verdades incómodas.





VII


Esas que las Castas periodísticas 

callan

o las corporaciones hegemónicas,

simulan esconder

con los más burdos artificios.

Esas que encienden escándalos

cuando la hipocresía es servida

en la mesa de los fariseos,

a quienes los espera 

paciente,

el octavo círculo, sexta fosa

y ellos prefieren mantener

sus banquetes corruptos

a destrozar el mantel 

y desmontar la farsa.

Tartufos que cargan,

 sus pérfidas gargantas,

con cócteles corruptos

de moral y etiqueta,

figurantes que señalan a los libres

horrorizados por el “mal” ajeno,

destiladores del odio

sin desenfreno.

 

 

 

 




 

 

VIII 

 

Te sumaste al juego revelador

de los irreverentes bufones,

marchaste en el torrente

de las venas y arterias

de nómades juglares medievales,

esos que jugaban a decir

lo prohibido,

al borde del suicidio retórico,

a destrabar, con magia aventurera,

imágenes proyectadas

en borbotones de elocuencia,

urdir sentidos

nunca percibidos,

fraguar con brebajes

descubrir en pendulares elixires

expresiones inéditas,

tropezando en cornisas de demencia,

merodeando con su pescuezo

la pena capital,

palpitando,

el último aullido

cifrado en el azar

de discursos fugitivos.

 

 

 


 

 

 

 IX

 

Fuiste el más vehemente

cráneo exhumado de Yorick,

animaste a sepultureros

en cementerios resplandecientes.

Encarnaste a Brighella o Arlequín

con piel de listo o tonto,

viajaste sin límites,

hasta diluir

sus diferentes ropajes.

Peregrinaste

en las calles

  con los riesgos insidiosos

germinados por el Varieté,

haciendo malabares

con todos los placeres,

todos los dolores,

todos los peligros, 

todos los secretos,

todas las desesperaciones,

todos los amores,

que entregaba

el continuado caos

de las tablas sin hilo,

heroicas escenas

consumidas sin vestigios,

actuadas

con ritmos vertiginosos,

sin imposturas

ni sigilos.

 

 

 


 

 

 

X

 

Sacudiste las movedizas arenas del circo

en las que tuvo origen

el drama y la comedia

de los excluidos,

y llegٖaste a contactar

con mentes brutales

jugaste en las fondas de 

Mark Twain, George Carlini o Bill Hicks,

Rimbaud, Baudelaire, 

Artaud, Gurdjieff

Bukowski o Thompson,

llamados a iluminar,

aturdir, quemar,

pergeñar el escándalo,

herejes elegidos.

  



 

 

 

 

XI

 

No hay triaca para tus venenos.

Ese poder ponzoñoso no perecerá.

Nos seguirá enfermando,

Tu virus circulará, sin frenos,

en las zonas oscuras, borradas,

Esas que los comedidos silencian,

las que ocultan los advenedizos.

Quienes darán su vida por hablar

de la estúpida banalidad,

pero que, en su triste ambición,

hallan recompensa,

encuentran regocijo,

con la venta vil

en cuotas mensuales

por la que pactaron

su pisoteada dignidad,

espejo aumentado

de su existencia servil.

 





 

 

 XII

 

Aunque una tropa de científicos

siervos de la rentabilidad,

ofrezcan sus antídotos,

cual vanos bálsamos espirituales.

A quienes, como vos, Quique,

no le importaron

las vallas, las acusaciones,

las condenas, las marginaciones,

los destierros, las mezquindades,

propaladas por los miserables.

A quienes no detuvieron

la censura, las bombas,

los excesos, los precipicios,

los barrotes, la humillación.

los tabúes, los extremos,

los fantasmas, los monstruos,

los puñales, las armas,

el olvido ni el ostracismo,

la culpa ni el perdón.

 

 

 



 

 

XIII
  

No la habrá, Quique.

Gracias por inyectar 

tanto veneno.

Intrepidez flamígera,

hidalguía trasnochada.

Gracias por no sucumbir

Ni venderle tus cojones

a los seductores postores

que hacen circular

en nuestras entrañas,

en nuestros pasos,

el sistema tentacular.

Por no tallar tu sangre

a los designios de ninguna autoridad.

Por mostrarnos que es posible.

Que el precio cruel,

despiadado,

feroz,

que pagaste con tu carne,

onza a onza,

es el verdadero valor,

las reales monedas

por las que

vale patear el tablero.

Que la lucha inclaudicable

que libraste,

las erupciones impetuosas y

agitaciones fogosas

que lanzaste,

traen las mejores cicatrices

y blasones

que nos podemos llevar

de este juego

absurdo e indescifrable.






 

 

 

 


 

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